Como sobrevivir a un perro dominante y agresivo

Nico era un perro de mestizo de pequeño tamaño, aunque perfectamente podía haber pasado por pequinés de pura raza. Nació fruto del despiste de dos señoras mayores que se pusieron a hablar de sus cosas mientras sus respectivos perros pasaban un buen rato.

Los orígenes de Nico

Fue salvado de la muerte por primera vez a la tierna edad de dos semanas, cuando una vecina lo adoptó al saber que lo iban a ahogar en el río. Sin embargo, su caridad acabó ahí. El pobre Nico pasó toda su vida sin salir de casa. Jamás conoció otros perros, ni fue llevado al veterinario para nada. Por supuesto, nadie le enseñó a ser un buen perro, debía serlo por inspiración divina, por puro agradecimiento. Para eso habían salvado su vida.

Como Nico era solo un perro, nunca entendió esos motivos. Sin embargo sí entendió que a los niños de la familia les divertía hacerlo rabiar, así que poco a poco se convirtió en un perro gruñón y maleducado. Pocas veces mordía, pero cuando lo hacía era con toda la intención de hacer sangre. Obviamente, los niños eran quienes más sufrían sus mordiscos. Después lo castigaban, a veces a gritos y a veces con el palo de la escoba.

Hacía sus necesidades cuando quería, tenía el comedero siempre lleno, usaba las camas y sofás como le venía en gana. Siempre y cuando, claro está, que nadie lo echase a palos de la habitación. Si lo intentaban encerrar arañaba las puertas, hasta que un día hizo un agujero en una, así que dejaron de intentarlo.Una vez al año le ponían un bozal, lo sujetaban con cuerdas, le rapaban el pelo y lo bañaban.

Todo un cambio de vida

Con 9 años, y debido a cambios en la familia, iban a dejarlo en la perrera. Alguien que conocía su situación decidió adoptarlo para evitarle ese final. El primer mal trago fue ir al veterinario. No tenía chip, jamás había sido vacunado, ni desparasitado, ni revisado, ni le cortaron las uñas o lavaron sus oídos. Tenía infección de piel y oídos por falta de higiene, lo que obligaba a bañarlo regularmente con un champú especial y mantener su pelo desenredado o muy corto. Además de las uñas clavadas en las almohadillas.

Sin embargo, Nico era ya un perro malcriado, acostumbrado a hacer lo que le venía en gana, aunque para eso tuviese que amenazar o incluso agredir. Los primeros cortes de pelo y uñas fueron bajo sedación. Las primeras limpiezas de oídos con bozal y sujetándolo con tanta fuerza que temía estrangularlo sin querer. Y menos mal que las pastillas se las comía escondidas entre quesitos.

Su adoptante decidió recurrir a un adiestrador. Pero todos aquellos con los que contactaba le hablaban de intentar enseñarlo a sentarse, dar la pata y cosas así. Unos pocos le aconsejaron ponerle la eutanasia. Todos coincidían en que era demasiado dominante. No se podía hacer gran cosa con un perro dominante. O eso decían.

Por suerte para Nico, su adoptante terminó tomando la mejor decisión para el perro. Prefería que el Nico dominase su vida antes que sacrificarlo. Durante un año lo tuvo permanentemente con la correa puesta, ya que a veces la mordía solo por intentar ponérsela. Usaba la correa para bañarlo cada mes, sacarlo a pasear, meterlo al transportín, etc. Se sentaba en el suelo o en sillas para evitar los gruñidos de Nico si intentaba usar el sofá. Aprovechaba los momentos en que el perro dormía para barrer y fregar, evitando así que le mordiera los pies. Cambiaba las sábanas sólo cuando podía quedarse encerrada y sola en la habitación. Una vez cada tres meses lo llevaba a rapar a la peluquería, donde primero lo dormía el veterinario.

Y por fin Nico cambió

De repente, al cabo de un año, Nico bajó del sofá y se tumbó junto a su adoptante. Ella apenas se atrevía a respirar, esperaba paciente y resignada la llegada del mordisco que nunca llegó. Por supuesto, no lo acarició ni intentó tocarlo, aún le daba miedo. Unos días más tarde, Nico apoyó su cabeza en el muslo de la adoptante y una semana después se colocó panza arriba. Con más miedo que vergüenza, apoyó su mano en la barriga de Nico y lo acarició un poco en la barriga…hasta que la gruñó. Ella retiró la mano y Nico permaneció panza arriba, sin moverse y sin gruñir, hasta que se durmió.

Aprovechando la obsesión de Nico por las pelotas y su reciente buena disposición, su adoptante empezó a acariciarlo, a bajarlo de sofás y camas, habituarlo al transportín, peinarlo y bañarlo. Su adoptante sabía cuando Nico necesitaba parar… y paraba. No la importaba tardar unos días en poder peinarlo, o retrasar una excursión porque Nico no quería entrar al transportín. Tres meses más tarde, Nico seguía siendo un poco gruñón, pero mucho más permisivo y, por tanto, manejable. Y ella había recuperado un espacio en su sofá.

Un año más tarde (es decir, más de dos años después de haberlo adoptado), los veterinarios le preguntaban «¿Qué le has hecho a este perro? No es el mismo». No podían creer que pudieran hacerle una ecografía sin bozal. Sin embargo, a ella no le importaba el motivo del cambio en Nico, solo quería disfrutado. Había tardado más de un año en entenderse con su perro.

Entendiendo los aciertos

Tiempo más tarde, en un cursillo de fin de semana sobre miedo en perros, confirmó lo que ya sospechaba. Nico era un perro que siempre estaba defendiéndose, aunque no tuviese motivos. Estaba tan acostumbrado a ser reprendido sin saber por qué, a ser ignorado y maltratado en muchas formas (porque hay muchos tipos de maltrato y no todos consisten en el golpe físico) que, por si acaso, primero se defendía, después se defendía y por último se defendía. Al dejar de sentir la necesidad de defenderse porque jamás era reprendido (ni por robar comida, ni por hacer sus deposiciones dentro de casa, ni por ladrar, ni por gruñir, ni por rascar, ni por nada) comenzó a relajarse, a observar y a aprender.

Usó lo aprendido en aquel curso para entenderse mejor con Nico. Hicieron un poco de terapia en casa para seguir mejorando su relación. Empezó a poder llevarlo tranquila a una terraza, sin miedo a que mordiera a nadie. Incluso las excursiones de un día se convirtieron en viajes de varios días. Y pasó de ser un perro constantemente rapado bajo sedación, a tener un espectacular corte a tijera que lo convertía en el perro más bonito y achuchable del mundo.

Nunca fue un perro especialmente adiestrable, sólo aprendió a sentarse, bajarse de los muebles, dar la pata, traer la pelota y venir a la llamada. Sin embargo fue lo bastante listo para aprender a comunicarse, aprender a dejarse acariciar, dejarse peinar y bañar, a viajar en transportín… y lo más importante, a jugar y confiar. Al final de su vida, el perro dominante al que todos querían poner la eutanasia, fue un perro educado y feliz.

Nota: No es una historia inventada. He cambiado nombres para proteger a algunos protagonistas.

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